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Zärtlichkeit

El hombre de una sola mano

La enfermedad

La enfermedad El hombre entró en su casa, se sentó en su sofá, encendió la radio y se puso a llorar, ni siquiera él sabe si lloraba por compasión o por ver que hay cosas que se escapan a su poder.

3 cuartos de hora antes.

- Por fin te encontré... –dijo la mujer.
- Se que me estabas buscando, te escuchaba a cada momento, pero he de decirte algo...
- Dime, ¿que es?, dime que vas a ayudarme, por favor....
- No, no puede ser así... lo siento.
- ¿Qué? No puedes hablar en serio, se que tu puedes ayudarme, pon el precio que quieras, no dudaré en pagarte.
- Lo siento de veras mujer, en esto no puedo ayudarte
- ¿Como que no? No bromees por favor, tú puedes, todo el mundo lo dice.
- Mujer, solo he venido aquí para decirte que no pierdas más el tiempo viviendo en la esperanza, en esto yo no tengo la palabra... Adiós.
- Hijo de puta, se que puedes ayudarme, mierda... no te vayas, espera, por favor, ayúdame... ¡cabrón, yo creía en ti!
– esbozó la mujer mientras el hombre se alejaba lo suficiente para no oírla.

5 días antes.

- Mamá, ¿hoy también te vas? – le preguntó la niña.
- Si mi vida, voy a ver a un amigo, vendré para la cena, ¿ok?.
- ¿Y me vas a traer un regalo esta vez?
– dijo la niña con una sonrisa picarona de 8 años.
- Claro que sí mi vida, sabes que siempre que sonrías tendrás uno.
La mujer se marchó rondando la ciudad como un policía buscando una puta con quien pagarla. Otro día haciendo lo mismo, buscando la esperanza que le apagara aquel mal que la corroía. A la noche volvió a casa, solo con un regalo para su hija. Siguió andando día trás día, sin dejar de observar a la gente que se encontraba.

3 días antes.

- Siéntese por favor. – le pidió el doctor, a lo que ella accedió
- Dígame, tiene ya los resultados de los análisis ¿verdad?. Que tonta, sino no me hubiesen llamado. – le dijo dejando entrever el nerviosismo que le roía.
- Así es...
- ... ¿Y? No me haga esperar por favor.
- ¿En su familia ha habido algún caso de cáncer que usted recuerde?
- No, que yo sepa no... pero, ¿eso a que viene? No me asuste eh.
– fingió bromear la mujer.
- Iré al grano, siento decirle esto pero.. los análisis muestran que padece lo que se denomina astrocitoma cerebeloso.
- Hábleme en cristiano y deje de asustarme doctor.
– no le hizo falta fingir el miedo esta vez.
- Pues verá, tiene un tumor cerebral...
- Pero, eso tiene cura ¿verdad?
– dijo la mujer interrumpiéndole.
- Verá... el tumor está en un estado muy avanzado, dudamos que incluso la cirugía sirviese de algo...
- ¡No!, no puede hablar en serio, un tumor, por el amor de Dios, eso es solo para viejos, no puede ser... además, en todo caso, hoy en día eso tiene cura, seguro, lo que pasa es que en este hospital solo hay inútiles con batas blancas...
- Señora, lo más aconsejable es que la ingresemos en el hospital.
- ¿Para qué?, ¿no dice que eso no tiene cura?, ¿qué demonios quiere entonces?, ¿acaso quiere joderme aún más?
- No podremos salvarle la vida, pero entiéndalo, podemos hacer que tenga mejor calidad de vida y quizás darle algo más de tiempo...
- ¿Tiempo para que?, ¿tiempo para estar enganchada a maquinas con tubos por la boca?. ¡Ni hablar!.
- Señora, entre en razón...
- Y una mierda que entre en razón mamón. Ustedes lo único que saben es engordar con desayunos interminables que pagamos lo demás y después ni siquiera podéis ayudarnos
– dijo levantándose de la silla - ¡malditos hijos de puta, ojalá os muráis todos!
La mujer salió del despacho del doctor como si la misma vida se le fuese en ello, llorando, dejando atrás al doctor, al que le acababa de escupir en la cara. Maldijo todo lo que se acordó de maldecir y partió a recoger a su hija al colegio.

2 horas y cuarto antes

Suena el teléfono. Ella sale corriendo de su cuarto y se dispone a descolgarlo.
- ¿Quién es? – dijo con la señal de las sabanas en el rostro.
- Hola, le llamamos desde el hospital.
- Ya era hora... y bien, ¿que dicen los resultados de los análisis?
- Le llamábamos porque el doctor quiere concretar con usted una cita para hablar personalmente acerca de los resultados de los análisis efectuados a su hija...

La mano

La mano Aquella mañana el hombre recibió un paquete en su domicilio. Se lo llevó a su estudio y se dispuso a abrirlo. En el paquete encontró una mano amputada, aún se percibía cierto calor en ella. El hombre la miró detalladamente, siempre fuiste débil -le dijo- y la tiró a la basura sin darle más importancia.

El naufragio les pilló por sorpresa a todos, el barco se dejaba devorar por el profundo azul sin apenas dar tiempo a reaccionar. Dos jóvenes consiguieron hacerse con un bote de salvamento, sin demora lo tiraron al agua y ellos tras él poniéndose a salvo. ¿A salvo de qué? No había nada excepto agua en millas. Se turnaban para remar, 120 minutos cada uno durante 16 horas al día sin rumbo. Bebían el agua marina que depositaban en un recipiente metálico que dejaban al sol para que ésta se evaporase y se adhiriese a un plástico puesto en la boca del recipiente, perdiendo así el agua su sal, pocas gotas al día podían lamer. A los 6 días la hambruna era insoportable, no les quedaban fuerzas para remar, ni esperanza en llegar a tierra, tenían que hacer algo para regatearle más tiempo a la muerte y poder tener alguna posibilidad.
No tenemos comida y yo ya no puedo más, dijo uno de ellos.
- No podemos rendirnos, me niego a morir de esta manera, esta no va a ser mi muerte. –replicó el otro, aún más desesperado.
- ¿Pero que demonios quieres que hagamos? No hay salvación, mira a tu alrededor, ni un puto pez en todos estos días. Moriremos, y cuanto antes mejor.
- ¡No digas eso! ¿Es comida lo que necesitas? ¡Yo se donde conseguir comida para aguantar más tiempo! –gritó la misma hambre.
- ¿Sí?, ¿De donde necio? ¡No tenemos nada!
- ¡Dame tu navaja!
- ¿Para qué?, ¿Qué demonios vas a hacer?
–preguntó con el miedo en sus palabras.
- Damela a no ser que quieras morir y créeme hermanito, no quiero que eso ocurra.
El joven, ya con la navaja en su poder se giró dándole la espalda a su hermano, se levantó la manga de la camisa y comenzó a seccionarse su mano izquierda casi sin emitir sonido alguno desde su garganta debido a la falta de fuerzas y al mareo anestesico.
La mano golpeó el suelo del bote haciendo que el hermano del ahora manco se desmayase ante tal escena. Al despertar, su ahora más que nunca hermano le abrió levemente la boca y le fue dando de comer pequeños pedazos de carne, la suficiente para coger fuerzas y aguantar dos días más hasta desmayarse, primero él, y luego su hermano a causa del derrame de sangre.
Pasó tiempo hasta que el joven caníbal sintió el frío del agua en los pies y unas palmadas en la cara. Habían llegado a una playa y les habían encontrado, estaban salvados. Después de ingerir una ligera comida proporcionada por los que vivían cerca de aquella playa el chaval se acercó a su hermano para agradecerle eternamente lo que había echo.
- Dime hermano, mi salvador, ¿Que puedo hacer para compensarte por lo que has hecho por mí?, ¿Qué puedo hacer para pagar tu pérdida? Pide lo que sea.
- No pienses ahora en eso, quizás, dentro de un tiempo...

La mano

La mano Aquella mañana el hombre recibió un paquete en su domicilio. Se lo llevó a su estudio y se dispuso a abrirlo. En el paquete encontró una mano amputada, aún se percibía cierto calor en ella. El hombre la miró detalladamente, siempre fuiste débil -le dijo- y la tiró a la basura sin darle más importancia.

El naufragio les pilló por sorpresa a todos, el barco se dejaba devorar por el profundo azul sin apenas dar tiempo a reaccionar. Dos jóvenes consiguieron hacerse con un bote de salvamento, sin demora lo tiraron al agua y ellos tras él poniéndose a salvo. ¿A salvo de qué? No había nada excepto agua en millas. Se turnaban para remar, 120 minutos cada uno durante 16 horas al día sin rumbo. Bebían el agua marina que depositaban en un recipiente metálico que dejaban al sol para que ésta se evaporase y se adhiriese a un plástico puesto en la boca del recipiente, perdiendo así el agua su sal, pocas gotas al día podían lamer. A los 6 días la hambruna era insoportable, no les quedaban fuerzas para remar, ni esperanza en llegar a tierra, tenían que hacer algo para regatearle más tiempo a la muerte y poder tener alguna posibilidad.
No tenemos comida y yo ya no puedo más, dijo uno de ellos.
- No podemos rendirnos, me niego a morir de esta manera, esta no va a ser mi muerte. –replicó el otro, aún más desesperado.
- ¿Pero que demonios quieres que hagamos? No hay salvación, mira a tu alrededor, ni un puto pez en todos estos días. Moriremos, y cuanto antes mejor.
- ¡No digas eso! ¿Es comida lo que necesitas? ¡Yo se donde conseguir comida para aguantar más tiempo! –gritó la misma hambre.
- ¿Sí?, ¿De donde necio? ¡No tenemos nada!
- ¡Dame tu navaja!
- ¿Para qué?, ¿Qué demonios vas a hacer?
–preguntó con el miedo en sus palabras.
- Damela a no ser que quieras morir y créeme hermanito, no quiero que eso ocurra.
El joven, ya con la navaja en su poder se giró dándole la espalda a su hermano, se levantó la manga de la camisa y comenzó a seccionarse su mano izquierda casi sin emitir sonido alguno desde su garganta debido a la falta de fuerzas y al mareo anestesico.
La mano golpeó el suelo del bote haciendo que el hermano del ahora manco se desmayase ante tal escena. Al despertar, su ahora más que nunca hermano le abrió levemente la boca y le fue dando de comer pequeños pedazos de carne, la suficiente para coger fuerzas y aguantar dos días más hasta desmayarse, primero él, y luego su hermano a causa del derrame de sangre.
Pasó tiempo hasta que el joven caníbal sintió el frío del agua en los pies y unas palmadas en la cara. Habían llegado a una playa y les habían encontrado, estaban salvados. Después de ingerir una ligera comida proporcionada por los que vivían cerca de aquella playa el chaval se acercó a su hermano para agradecerle eternamente lo que había echo.
- Dime hermano, mi salvador, ¿Que puedo hacer para compensarte por lo que has hecho por mí?, ¿Qué puedo hacer para pagar tu pérdida? Pide lo que sea.
- No pienses ahora en eso, quizás, dentro de un tiempo...